Coatepec Harinas, Estado de México. En el corazón de Coatepec Harinas, la mañana amaneció con un aire distinto. No era solo el viento fresco que descendía de la sierra; era la sensación compartida de que el 24 de febrero no sería una fecha más en el calendario. Frente a la bandera monumental, la comunidad se reunió para honrar a la Bandera de México en un año profundamente simbólico: el del Bicentenario municipal.
Las niñas y los niños, con uniformes impecables, sostenían miradas expectantes. Las y los jóvenes, formados con disciplina, parecían entender que la ceremonia iba más allá del protocolo. Integrantes del Ayuntamiento, autoridades civiles y educativas, y representantes de la seguridad estatal acompañaban el acto. En cada rostro se leía respeto; en cada silencio, memoria.
Cuando la bandera comenzó a elevarse, el murmullo se apagó. El verde, el blanco y el rojo se desplegaron contra el cielo claro como un relato antiguo que vuelve a contarse. Hubo un instante —breve pero contundente— en el que el tiempo pareció detenerse. No para mirar atrás con nostalgia, sino para reconocerse con dignidad.
En su mensaje, el presidente municipal Toño Díaz habló de conciencia más que de ceremonia. Recordó que honrar la bandera es asumir lo que significa: la esperanza que no se rinde, la unidad que se construye y el sacrificio que hizo posible la libertad. Y en el centro, el águila erguida como símbolo de un país que no inclina la cabeza ante la adversidad.
Pero esta vez, la conmemoración tuvo un matiz especial. Doscientos años de vida institucional no se dicen con ligereza. Se sienten. Se caminan. Se trabajan. Coatepec Harinas no celebró solo fechas; celebró carácter. Celebró la grandeza serena de su gente, la vocación comunitaria que ha tejido su historia generación tras generación.
El discurso no se quedó en palabras solemnes. Fue una invitación a que el Bicentenario sea punto de conciencia colectiva: fortalecer instituciones, renovar la confianza entre gobierno y sociedad, comprender que el poder no engrandece a las personas, sino el compromiso con su comunidad.
Al finalizar, el aplauso fue largo y sincero. No estruendoso, sino firme. Como si cada palmada afirmara lo dicho: cuando la bandera se eleva, la nación se reafirma.
La ceremonia concluyó, pero la imagen quedó suspendida en el aire: la bandera ondeando con amplitud, el pueblo reunido bajo sus colores y un municipio que, al cumplir dos siglos, mira al futuro con la frente en alto.
En Coatepec Harinas, el Día de la Bandera no fue solo un acto cívico. Fue un recordatorio de identidad.
