La salida de Macarena Montoya Olvera de la Secretaría de Salud del Estado de México no sorprendió por el desenlace, sino por el tiempo que tomó concretarse. Durante meses, los síntomas de una gestión débil fueron evidentes: desabasto de medicamentos, quejas recurrentes del personal médico y una percepción ciudadana de abandono en uno de los sectores más sensibles.
El relevo llega con el nombramiento de Celina Castañeda de la Lanza, quien asume una de las carteras más complejas del gobierno estatal. Pero el fondo del asunto no es únicamente el cambio de titular, sino la tardanza en tomar una decisión que ya era impostergable.
La gobernadora Delfina Gómez Álvarez optó por sostener a una funcionaria que, a ojos de muchos, no estaba dando resultados. Esa dilación abre cuestionamientos legítimos: ¿fue falta de diagnóstico, cálculo político o simple resistencia a reconocer un error?
Porque en política, postergar decisiones también es una forma de decidir. Y en este caso, el costo lo pagaron miles de mexiquenses que dependen del sistema público de salud.
El video difundido por la exsecretaria, intentando justificar su gestión, terminó por evidenciar lo que ya era evidente: cuando los resultados no acompañan, la narrativa difícilmente convence.
Ahora, el reto es mayúsculo. Celina Castañeda no solo deberá demostrar capacidad técnica y operativa, sino también rapidez. El sistema de salud no admite curvas de aprendizaje prolongadas. La crisis de abasto, la presión hospitalaria y el desgaste institucional exigen respuestas inmediatas.
Pero más allá de nombres, el episodio deja un mensaje inquietante: la administración estatal sigue mostrando signos de lentitud en la toma de decisiones de alto impacto. Y eso, en un gobierno que prometió transformación, comienza a pesar.
El relevo en Salud no es un punto de llegada, sino una prueba. Habrá que ver si esta vez la reacción no llega tarde.
