Columna/Víctor Yáñez
La política, cuando se ejerce con oficio, no necesita estridencias para hacerse notar. A veces basta una fotografía, un encuentro, una conversación en apariencia casual para revelar lo que en realidad se está moviendo en el fondo del poder. El reciente acercamiento entre Higinio Martínez Miranda y Ariadna Montiel Reyes no es un hecho aislado: es un gesto cargado de significado en un momento donde el equilibrio interno de Morena comienza a reconfigurarse.
Hay personajes que hacen política desde el discurso, y otros que la hacen desde la arquitectura del poder. Higinio Martínez pertenece a esta última categoría. Su influencia no radica únicamente en los cargos que ha ocupado, sino en su capacidad para incidir en los tiempos, en los silencios y en las decisiones que no siempre se anuncian, pero que terminan marcando rumbo. El “texcocano”, como figura política, ha sido constante: aparece cuando el tablero lo exige, no cuando la coyuntura lo reclama.
En ese sentido, su cercanía —histórica, tensa, pero persistente— con Andrés Manuel López Obrador se convierte en una clave de lectura obligada. La política también es memoria, y en Morena la memoria pesa. Cada gesto puede interpretarse como reconciliación, como alineación o como estrategia. El encuentro con Ariadna Montiel, una de las figuras más cercanas al obradorismo, abre esa interrogante: ¿es un acto de respaldo, de reposicionamiento o de reencuentro con el centro gravitacional del movimiento?
Pero más allá de las interpretaciones inmediatas, lo relevante es el momento. En la antesala de una nueva dirigencia nacional y con la figura de Claudia Sheinbaum Pardo consolidando un nuevo ciclo de poder, Morena enfrenta el reto más complejo de cualquier movimiento que llega al gobierno: mantenerse cohesionado sin perder su esencia. Ahí es donde figuras como Higinio Martínez adquieren un valor singular: son puentes entre etapas, entre liderazgos, entre visiones que a veces convergen y a veces compiten.
Filosóficamente, su papel remite a una vieja tensión en la política: la del actor visible frente al operador silencioso. El primero construye narrativa; el segundo construye realidad. Martínez Miranda parece moverse con naturalidad en ese segundo plano, donde la política deja de ser espectáculo y se convierte en estructura.
Y sin embargo, su influencia no es neutra. Marcar agenda implica también delimitar el campo de lo posible. En el Estado de México —y por extensión en la dinámica nacional— su presencia sugiere que las decisiones no se toman únicamente desde la institucionalidad formal, sino también desde esas redes de poder que sobreviven a los cargos y a los cambios de gobierno.
De cara a 2027, cuando el país y particularmente el Estado de México enfrenten una nueva disputa electoral de gran escala, la pregunta no es si Higinio Martínez estará presente, sino desde dónde operará. Porque en política, como en la vida, hay quienes ocupan el escenario… y hay quienes deciden cómo se mueve el telón.
Y en ese arte —el de mover sin ser visto— el texcocano sigue, como pocas veces, marcando agenda.
