El aire frío de Soyaniquilpan amaneció distinto. Desde temprano, mujeres y hombres del campo llegaron con sombreros bien calados y miradas curiosas, atraídos por la promesa de una nueva era agrícola. No todos los días una explanada municipal se llena de tractores recién pintados y drones que, al encenderse, parecen libélulas metálicas listas para surcar los cielos mexiquenses.
Entre música de banda, saludos y abrazos de reencuentro entre productores, la Gobernadora Delfina Gómez Álvarez subió al escenario con paso sereno, sabedora de que ese día no solo entregaba maquinaria: entregaba esperanza. Los aplausos fueron cálidos, sincero reflejo de la expectativa que despierta cualquier ayuda que toque, de verdad, la tierra donde germina el alimento.
La mandataria habló con convicción. “La transformación hoy vuelve a resonar en 37 municipios”, dijo, mientras detrás de ella brillaban los 21 tractores y 23 drones que minutos después serían entregados como si fueran tesoros del futuro. Cada cifra arrancaba un murmullo entre el público: doce millones de pesos, miles de apoyos, decenas de miles de beneficiarios. Pero entre líneas, lo que más se escuchaba era la ilusión de producir más, gastar menos y, por qué no, sentirse vistos.
Los productores asentían, algunos cruzaban los brazos, otros grababan con el celular. Una señora de ojos claros comentaba que nunca imaginó que un dron volaría sobre su milpa. “A ver si no se asusta el maíz”, soltó entre risas, mientras su nieto no le quitaba la vista a uno de los aparatos en exhibición.
La presencia de autoridades fue amplia, pero discreta. Entre ellas, la diputada federal del PVEM, María Luisa Mendoza Mondragón, quien conversó con productores y posó para las fotos rodeada de maquinaria brillante. Funcionarios estatales, diputados locales y el Presidente Municipal completaban el cuadro oficial, todos atentos al simbolismo del día: tecnología, inversión y campo caminando al mismo paso.
La sorpresa del anuncio acuícola —más de un millón 200 mil crías de carpa y tilapia para Soyaniquilpan— provocó un segundo oleaje de comentarios. “¿Doscientas toneladas? ¡Ah caray!”, exclamó un hombre mientras calculaba mentalmente cuánto representa eso en mesas llenas y bolsillos menos apretados.
Entre las sillas, algunas beneficiarias de Mujeres con Bienestar miraban orgullosas su tarjeta, recordatorio silencioso de un apoyo que también florece fuera de las parcelas. Y por si el ánimo no era suficiente, se informó que más de 2.3 millones de pesos se destinaron a mejorar escuelas del municipio. No faltaron los aplausos de maestras y directores invitados.
Cuando llegó finalmente el momento de subir a los tractores, los productores se turnaron para posar junto al enorme volante. Algunos tocaron la carrocería como si fuera una bestia noble y recién domada. Los drones, pequeños pero poderosos, despertaron también su propio fan club: niños que querían verlos despegar y adultos que se imaginaban controlándolos para vigilar sus cultivos desde el cielo.
El evento terminó entre música y fotos, pero quedó en el aire una sensación de inicio. Como si esos tractores, con su olor a nuevo, y esos drones que zumban como abejas futuristas, hubieran abierto una puerta simbólica hacia un campo más fuerte, más digno y más moderno.
En Soyaniquilpan, por un día, la tecnología se volvió motivo de fiesta, y la tierra —esa que nunca descansa— pareció sonreír bajo el sol de noviembre.
